La crítica sorprende también por su arbitrariedad. Si algún derecho está
desarrollado en España es el de admisión. Intenten acceder sin invitación a cualquiera de las
charlas coloquio que inundan el territorio de norte a sur y de oeste a levante y entenderán por fin el significado de quedarse a la luna de valencia. A usted, que es facha, ya
mismo le dejan entrar en un acto de hermanamiento cómico musical entre los Castros y los Calatrava.
Y a usted, que es rojo, de momento le franquean la puerta de la sala en la que las juventudes
hitlerianas homenajean al antiguo régimen.
Y ahora vayamos al fondo. Si todos podemos hablar de fútbol sin aprobar el cursillo de
entrenador (yo mismo pondría a Falcao en la medular) no se entiende que los católicos no puedan hablar de sexo. Que la
progresía se eche unas risas a costa de los cursos parece indicar que todos los
laicos están licenciados en Kamasutra. Pero no hay tal. Y aunque lo hubiera. Existe
la creencia de que de sexo sólo pueden opinar los expertos en salto del tigre,
lo que, de primeras, impide hablar a El Cordobés, que no pasó del de la rana, y
de segundas a quienes dan brincos de alegría cuando a duras penas consiguen el beso de la
española. Con todo, hay que tener la cabeza cuadriculada para creer que sólo saben de sábanas los que hacen la cama redonda.