jueves, 20 de noviembre de 2014

Cayetana y la otra España

Como quiera que aún no existe un círculo Podemos Sudario los internautas desafectos con la duquesa de Alba han utilizado el dominio digital de los periódicos tradicionales para aclarar que su fallecimiento no es una gran pérdida. Cursa así la inquina de esa España que no tiene a Goya como pintor de cámara ni un hijo jinete ni se peina a lo afro, de esa España de pelo lacio que adora el grafiti, detesta la hípica e incuba la revolución.
La España que considera que la muerte es la hermana muda de la revolución se alegra del fin de Cayetana porque, al creer que su óbito es un triunfo de la reforma agraria, otorga al fallo cardíaco el papel de alcalde de Marinaleda.  Para esa España la muerte abandera la igualdad de clase porque no se frena ante el linaje ni deja de hacer guardia ante la clínica Ruber. Es, por así decirlo, una de los suyos.
Y, sin embargo, no hay nada más fascista que el luto, que no es color del dinero, sino la tonalidad de Hiroshima. Persigue a los ricos, sí, pero se ceba con los débiles. Hay, pues, que estar muy mal del corazón, la capital del afecto, para no entristecerse por estas cosas. No sé si alguien descorchará hoy sidra, el cava del pueblo, ante el palacio de Liria para festejar el deceso, pero no sería de extrañar si se tiene en cuenta que aquí son demasiados los que confían su venganza a la septicemia.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Cosmovisión infantil

El aficionado español que contiene la respiración cada vez que un balón bombeado llega a la portería de Casillas demuestra que el hombre tiende a la duda. Por eso no me preocupa que la izquierda apueste por la supresión de la educación concertada. Y no me preocupa porque aunque lograra su objetivo, no lograría su propósito. Es posible que en un sistema educativo exclusivamente público el niño de primaria asuma como principio inmutable que la libertad nos hace iguales, pero en cuanto curse segundo de la ESO pondrá en cuestión el dogma porque descubrirá que la libertad es el derecho del río a seguir su curso y del remanso a no hacerlo.
El adoctrinamiento siempre ha sido una pérdida de tiempo, lo que explica que a día de hoy apenas haya franquistas entre los que estudiaron el compendio de la formación del espíritu nacional en la enciclopedia Álvarez, cuyos dibujos de niños impolutos casaban mal con las cazcarrias que en aquella época portaba  el grueso del alumnado. Y no me refiero al gordo de la clase. Esa era la realidad. La de ahora implica que aunque el profesorado progresista imponga el laicismo como materia transversal en infantil no podrá evitar que el niño se persigne, porque el niño no apuntala su cosmovisión en la ideología, sino en la confianza.
O sea, en la fe. De ahí el éxito de los colegios concertados católicos, donde se hace pedagogía de Dios en lugar de proselitismo, es decir, se enseña a los escolares a mirar al cielo con buenos ojos para que valoren la importancia de un día despejado, no para atacar a los que prefieren las precipitaciones débiles o localmente moderadas.

martes, 18 de noviembre de 2014

Cristiano y Pessoa

Podemos se propone que el futbolista de élite español haga carrera fuera del campo, no para que dentro de él sepa leer el partido como ningún otro, sino para que los niños, en lugar de sus goles, admiren sus enseñanzas.  De modo que exigirá como mínimo estudios de secundaria a los jugadores de las categorías superiores. El que no haya superado cuarto y reválida que se olvide de ser convocado por Del Bosque. Y de calentar durante el descanso quien no tenga un doctorado.
En el fondo de la medida subyace el complejo de superioridad del que considera que un profesor de ciencias políticas está menos capacitado que un líbero para rematar en plancha, pero es más útil a la sociedad. Así que el propósito de la formación no es que la melé en el punto de penalti se convierta en riña de licenciados, donde los jugadores se hablen de usted mientras se patean los isquiotibiales, sino aclarar que el deporte actual necesita sustituir la ignorancia por la pedantería. El cambalache es discutible, pero cabe preguntarse si puede un pedante convertir el minuto 116 en el día de la hispanidad. Posiblemente, no, porque el pedante cree que Johannesburgo es la capital del racismo en vez del lugar donde aconteció la segunda más alta ocasión que vieron los siglos.
El docto disparate actualiza lo peor del despotismo ilustrado: el populismo de élite, en su afán de hacer un pueblo a su imagen y semejanza, pretende, poco más o menos, que se dirima intelectualmente la posesión del balón en la medular y, ya puesto, que Cristiano recite a Pessoa  mientras recula para lanzar el golpe franco, a fin de que cuando choque con Coentrao, del encuentro entre el saber y la fuerza, surja la revolución de los claveles.
Podemos quiere deportistas cultos, pero es posible que la sociedad quiera políticos deportistas. Habría que exigir a Iglesias, como requisito para gobernar el país, que levante 150 kilos en arrancada. Debería de tener en cuenta que pedir a un carrilero que memorice la España invertebrada de Ortega mientras evoluciona por banda derecha, previsiblemente desde posiciones republicanas, es como exigir a Íñigo Errejón que exponga la canilla durante un clásico en Anoeta. O como sugerir a Monedero que, para conseguir que el luso se matricule en protocolo, llegue a las manos con Pepe.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Catolicismo acomplejado

Cierto catolicismo acomplejado considera necesario el visto bueno del colectivo cuántico a la fórmula de la fe, a la manera en que el falso nueve del equipo alevín del Real Madrid busca el aplauso de Cristiano a su cola de vaca, el aficionado al ajedrez el de Kaspárov a su gambito de dama y el estudiante de arquitectura el de Moneo a su perspectiva caballera. Este anhelo del catolicismo acomplejado aclara que no ha comprendido que la fórmula de la fe contiene también la teoría de las supercuerdas. En otras palabras, que un físico crea en Dios es tan normal como que un fontanero acepte la existencia de la red de alcantarillado.
La razón es sencilla: la física se rige por unos principios previos a su comprensión. La gravedad es anterior a la manzana y ésta a Newton. El físico no inventa, descubre. Y descubrir es aproximarse a la Creación desde el encuentro, cuyo big bang es el bautismo. Así de simple. Sobra decir, pues, que si el católico acomplejado necesita el nihil obstat del físico a la verdad revelada es porque es hombre de poca fe, incapaz, no ya de decirle a la morera que se plante en el mar, sino de creer en los arrozales, en la evidencia de Dios.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Leopoldo Abadía

El cromosoma católico explica la risa del pueblo de Dios, que no es la risa del espectador del club de la comedia por el chiste de la madre casquivana y el padre flojo, sino la del que escucha a Leopoldo Abadía teorizar con sorna sobre las cuitas conyugales. Si la carcajada del espectador del club de la comedia no es la misma que la del oyente del ilustre economista es porque la carcajada que surge de la burla lleva siempre trazas de bilis, al modo en que el refresco de cola lleva siempre una fuente de fenilalanina, en tanto que la nace de la bonhomía abreva en la misericordia. Sin que eso le quite la gracia.
Da fe de lo anterior el medio millar de personas que disfrutó de la conferencia que recién ha dado Abadía en la Universidad de Jaén, donde habló sobre la familia de toda la vida, esa institución que como una casa de tablas apuntalada sobre roca sufre, pero resiste, las tarascadas de quienes consideran que el progresismo es anterior al derecho natural. Don Leopoldo defiende lo contrario suavemente, con la sutileza de quien habla maravillas de la ebullición para hacer ver la importancia de no dejar el grifo abierto.
La familia, entendida a su manera, es un ecosistema tanto más feliz cuanta mayor sea su biodiversidad. Lo tiene claro él, a cuyo lado Alberto Closas no es un eunuco, pero casi. Padre de 12 hijos, Abadía destaca la importancia, no del tálamo, sino del amor, que no es la cara amable del sexo, sino el afrodisíaco del matrimonio, lo que, como sabe bien todo el que está felizmente casado, otorga al beso en la mejilla rango de pasión desatada.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

La canción de Jarcha

El debate social en España está desprovisto de misericordia. En cada discusión de bar interviene Robespierre para pedir, no otra ronda, sino que rueden cabezas. Ni que decir tiene que Robespierre, el vecino de al lado, considera que para acabar con la política tradicional hay que imponer la revolución. Tal vez desconoce que, aunque la guillotina esté de moda, la revolución es aún más vieja que la política.
La revolución es una anciana con malas pulgas que se mantiene joven gracias a la rabia, que es su botox. Como España se parece cada vez más a sí misma es muy probable que retorne el pasado como tragedia. Lo que demuestra que la teoría de Marx sobre la repetición descafeinada de la historia choca con la realidad de un país que nunca está para bromas. Aquí no hay lugar para la farsa.
Salvo que la farsa sea el populismo. La sociedad aguarda un tiempo nuevo, pero no será así. Llegará un tiempo ya vivido: el del ajuste de cuentas. Activada desde dentro la voladura del sistema, sólo queda que las urnas den el golpe de gracia a lo que hay. Lo que hay, por supuesto, no es nada del otro mundo y las urnas siempre llevan razón, faltaría más, así que a partir de 2015, si se mantiene la tendencia, ejercerá el poder el populismo. No los parias de la tierra, el populismo, que es, hay que admitirlo, un consumado experto en fabricar parias.
Qué se le va a hacer. Aunque soy de letras no tengo nada que objetar a la imposición democrática de la aritmética. El que consiga más votos, gana, me guste o no, si bien es más que posible que lo que acontezca después me obligará a reeditar este artículo dentro de unos años, no muchos, cuando el gasógeno compita seriamente con el diésel y la cartilla de racionamiento sustituya a la pirámide alimenticia.
Puede que lo parezca, pero no soy enemigo de los cambios. De crío viví la transición, ahora tan denostada, de modo que percibí el hormigueo en el estómago de una sociedad entusiasmada con aquel primer amor. Y percibí que el hilo musical de aquella época se resumía en la canción de Jarcha, síntesis de la esperanza y el perdón. Ahora el estribillo es otro, menos plural, más incendiario. Tienes su lógica: hoy apenas hay chimenea en España que no se alimente con leña de árbol caído. No importa que apenas dé calor y se consuma rápido. Lo que importa es verlo arder.

lunes, 10 de noviembre de 2014

La caja

Un cuchillo jamonero en manos de mi madre no contiene el mismo peligro potencial que en las palmas de Jack El destripador. Así que no culpemos al arma homicida, las pobres cerillas, de la propuesta de utilizarlas para quemar templos reflejada en esa caja de fósforos que el museo Reina Sofía expone con honores de Velázquez de la primera época.
El engendro artístico destaca que la  única iglesia que ilumina es la iglesia que arde, lo que evidencia que las autoras no han leído Llama de amor viva, que es lumbre rimada, ascua espiritual. En descargo de las mismas juega la imposibilidad de que San Juan de la Cruz sea el escritor de cabecera de una progresía que entiende que la sensibilidad religiosa es un defecto lírico de derechas.
Como quiera que no pocos católicos han puesto el grito en su segunda residencia, el cielo, por la presencia de la caja, el museo pide que no se tome la frase de modo literal, sino como metáfora de un tiempo determinado, el 36, supongo, lo que es toda una invitación a que en la próxima exposición del Reina Sofía algún artista ario muestre un surtido de bombonas con forma de esvástica en homenaje al calorcito judío de Auswitch o a que un virginiano exponga la imagen de negros de peluche ahorcados para ensalzar la contribución del Ku-Klux-Klan a la industrial del cordel.
El museo se ampara en la libertad de expresión para justificar su postura. Ni que decir tiene que la libertad de expresión, entendida al modo progresista, es el derecho de la izquierda de llamar facha al católico y del católico a guardar silencio. Aunque tanto da que replicara porque esta gente asume cualquier calificativo con normalidad, así les llames estalinistas. En lo que se nota que está satisfecha con la historia, aunque la historia no esté satisfecha con Siberia. Queda claro, pues, que el progresista considera que el Gulag es la variante soviética del campamento de la OJE y equipara la revolución cultural de Mao con la Lomce de Wert.